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José Luis García Gallego |
Desde aquel preciso instante en el que Alfred
Schulze colocara aquella clavija para descender del Naranjo de Bulnes, la
escalada se dislocó lentamente en dos variantes: escalada libre, y escalada
artificial. Desde aquel día la evolución en el uso de materiales, ya sea para
la progresión, o para mejorar la seguridad en las paredes fue constante y en
pocas décadas aquellas míticas e inexpugnables paredes fueron vencidas una
detrás de otra.
A finales de los sesenta una corriente de
escaladores, gracias a las mejoras en el calzado y en la seguridad, tomó la
determinación de abrir un nuevo camino en el que los medios artificiales para
la progresión quedaban fuera de juego, dejando a la escalada “artificial” en un
plano secundario, condenada al ostracismo, y las “liberaciones” tomaron un
protagonismo inmediato y cualquier cosa que no fuera escalada en libre, o
estaba mal vista o pendiente de liberar.
En la década prodigiosa de la escalada libre,
los años ochenta, solo algunos románticos se atrevían con los estribos de
aluminio; a menudo denostados, tratados de albañiles de la montaña, o
simplemente considerados como los dinosaurios de la escalada, mantuvieron un
estilo que casi todos profetizaron en vías de extinción. Y en ese contexto dos
escaladores murcianos José Luis García Gallego y Miguel Angel Díez Vives en un
esfuerzo sin parangón hoy en día, elevaron el rango de la escalada artificial
hasta la categoría de arte. En marzo de 1.983 comenzaron una travesía por la
cara oeste del Urriellu, bajo la placa de la Bermeja, que les llevaría hasta la
cumbre sesenta y nueve días después, manteniendo una permanencia en una pared
que nadie hoy ha superado. Esta es su historia.
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Miguel Angel Diez Vives |
Hace 28 años el periodista de radio José Mª García, en su programa “Hora
25 ”de la Cadena Ser, interrumpía su discurso de fútbol para
conectar directamente con los dos escaladores murcianos, que
trataban de abrir una vía, en pleno Invierno, en la pared Oeste del
Naranjo de Bulnes. La escalada que entonces se practicaba, contenía, dentro de sus
principios, uno básico: solo perforar la pared con el burilador,
cuando fuera estrictamente necesario para poder proseguir por la
vertical. José María García se comunicaba con José Luis y Miguel Ángel a través de un
radioaficionado de LLanes, Nacho Torre.
En
su brutal empresa José L. García Gallego y su compañero Miguel A. Díez de
veinticuatro años de edad, y estudiantes universitarios formaban parte de un
equipo de seis personas; ellos en la pared, Paco Rodríguez Gordillo, José
Antonio Navarro, y Pablo Fernández en la logística, y Nacho Torre a la radio en
Llanes – permítanme que le considere parte del equipo-. Este grupo de apoyo merece
desde mi humilde punto de vista un tratamiento especial, pues no se trató de un
mero punto de abastecimiento durante algunos días, fueron sesenta y nueve días
de pleno esfuerzo.
Para
mejor situar en su contexto lo arriesgado de su empresa, y por ende el mérito
de su éxito, puede recordarse el rosario de víctimas mortales que para
entonces, año 1.983, ya se había cobrado el Picu Urriellu. Berrio, Ortiz,
Arrabal... eran nombres frescos en el recuerdo de los aficionados. En algunos
medios informativos no era infrecuente calificar de “montaña asesina” al coloso
calizo de los Picos. Y en ese caldo de cultivo la pareja de murcianos da a
conocer su proyecto.
“Lo peor de todo fue que nos coincidió con
uno de los inviernos más crudos que se recordaban en Asturias», relata José
Luis desde su domicilio murciano. Las autoridades del Principado”, continúa el
montañero, “eran muy reacias a concedernos el permiso de escalada. Argumentaban
que la región estaba prácticamente incomunicada y que todos sus efectivos de
Protección Civil estarían ocupados en caso de un eventual rescate. Fue un tira
y afloja muy tenso, en el que finalmente pudimos salirnos con la nuestra”.
En unas condiciones invernales durísimas que
mantuvo Bulnes incomunicado durante muchos días el equipo de los murcianos,
llegó a realizar más de veinte viajes desde Arenas de Cabrales hasta la vega
Urriellu con el material y las provisiones necesarias para la escalada, ruta en
la incluso fue necesaria la instalación de pasamanos en la canal del Texu. El
traslado de los aproximadamente 500 kg. de material se hizo a través de la
canal de Balcosín, con casco y formando cordadas en configuración de travesía
glacial para prevenir los posibles aludes. La organización de la escalada fue estupenda. La
preparación física y la preparación del material minuciosa. Serval
les fabrico las hamacas, ellos, según nos cuenta el hermano de Miguel
Angel, que actualmente vive en Almería, fueron a esta fabrica a
inspeccionar como iba el encargo. Hicieron que colgaran la hamaca
en una de las paredes de las instalaciones, entonces Miguel Angel, se
subió para probarla, y empezó a dar saltos sobre ella, el
operario lo miraba horrorizado diciéndole que no tratara así el
material. Gracias a aquella anécdota decidieron que
Serval debía de triplicar los refuerzos en las costuras. Aunque se
llevaron dos hamacas una de ellas la desecharon una vez en la pared,
después de descubrir que para que no se movieran tanto con el viento debían de
estar los dos escaladores en la misma, cuanto más lastre mejor. También
llevaban monos de pluma y las botas fueron diseñadas por
ellos y fabricadas por Boreal. Hasta la selección de la cordada de apoyo
fue muy acertada, tenían todo muy bien calculado y a pesar del riesgo normal de
la escalada, ellos iban muy seguros.
Todos
los apoyos, agarres, y repisas estaban cubiertos de hielo que era necesario
limpiar. A los murcianos les llevo dieciocho días limpiar la bóveda de la
Bermeja, mientras padecían catarros, anginas e inflamaciones entre tormentas y
temperaturas árticas. El día diez de abril llegaron a una altura de doscientos
ochenta metros, la mitad de la pared prácticamente, lo que supuso la ruptura
definitiva con sus asistentes José M. García relataba: “el sonido que nos llegaba de la pared era sobrecogedor; se oía
perfectamente el temporal de viento y cómo en ocasiones les movía la hamaca y
ésta golpeaba contra la roca”.
Al
inicio de la aventura la idea era la permanecer entre veinticinco y treinta
días colgados en la pared, pero al final como suele suceder la realidad se
desboca y nada resulta como se ha previsto. Después del primer tramo y superado
el desplome, pensaron que en cuarenta días a lo sumo saldrían por la cumbre:
“Nadábamos en la ignorancia total, cuando
llegamos al día cuarenta tuvimos una fase de decaimiento que duró hasta el
cincuenta, porque no dábamos cuenta de que las tormentas eran una pasada y esto
iba para largo”.
A
partir de los cincuenta días la evolución fue mejorando, entraron en una fase
de indiferencia mientras se mentalizaban para la estancia en la vía: “Como si son doscientos días, mientras
tengamos comida nos da lo mismo”, decían los escaladores. -"Es la fase en la que nos hemos sentido más
lejos del mundo, porque era como sentirse preso de la montaña. Pero como
vivíamos momentos buenos, nos sentíamos presos, pero a gusto. Hasta nos daba
igual cuando nos decían que llegaba una tormenta de siete días"-. Este
estado de indiferencia les supuso una prolongación indeseada en la pared, pues
coincidió con mejoras en la climatología de lo Picos de Europa.
"Nos levantábamos a las siete, nos vestíamos y comenzábamos a hablar
hasta la una y nos tirábamos hablando
cinco o seis horas y estábamos a gusto. Nos sentíamos totalmente apartados del
mundo”.
En la escalada hay unas cotas de cansancio físico que son bien conocidas por los montañeros, por referencia a otras escaladas en las que se han encontrado cansados. Sin embargo, a partir del día sesenta en pared, comenzaron a sentir unos síntomas totalmente desconocidos para ellos. -"esto nos asustó y nuevamente comenzamos a pensar en la cumbre casi obsesivamente. Había que salir como fuera, escalando incluso bajo la tormenta"-. De todos los síntomas de cansancio que tenían -dolor de articulaciones, desfallecimientos, etc. -, el que más les asustó fue la conjuntivitis, que señala una clara carencia de vitamina A, la cual se manifiesta en los ojos y puede provocar cegueras temporales. Cuando se les preguntó por lo que más echaron de menos, en un plano material, durante su escalada, la respuesta era tajante: una cama. Es la reacción lógica después de sesenta y nueve días en la hamaca en la que, según José Luis, "la noche que más he dormido fueron tres horas seguidas". Los veinte primeros días no pudieron dormir nada. Después se acostumbraron algo al dolor del cuerpo con el que se levantaban, "cada mañana sentíamos esa sensación de decir qué mal he dormido", pero jamás descansaron bien.
"La noche sesenta fue terrible. Desde hacía varios días soñábamos con
llegar a Rocasolano y, al hacerlo, saltó un viento que, junto con el cansancio
físico, nos impidió dormir a pesar de nuestros esfuerzos, por lo que a las
cinco de la madrugada nos sentamos y nos pusimos a hablar hasta que
amaneció".
Además, Rocasolano estaba cubierta de
hielo en pendiente, por lo que ni siquiera pudieron caminar o sentarse como
esperaban. Dentro de la hamaca, cuando no estaban durmiendo, la incomodidad también
era grande. Al estar sentados durante muchas horas, sin poder respaldarse
contra nada, les dolía la espalda. Incluso si se colocaban algo como respaldo,
tenían que hacer fuerza con el cuello pues no podían apoyar la cabeza. Sin
embargo, el mejor momento del día, según ellos, era cuando regresaban a la
hamaca, "la escalada se realizaba
con mucho frío y, en esas condiciones, cada día es una aventura. En la pared,
durante la escalada, tampoco podías relajarte ya que la configuración de la
pared lo impedía".
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Aproximación al Naranjo por el Jou Luengo |
Con
el país en vilo, la aventura tuvo final feliz sesenta y nueve días después.
José Luis recuerda que “las nevadas no
nos dieron tregua hasta el final; los últimos 30 metros los hicimos exhaustos,
pero casi a la carrera porque llegaba otra borrasca. Yo era partidario de
retrasarlo otro día más, el setenta, pero la prudencia aconsejaba salir ya de
la pared. El grupo de apoyo nos recibió en la cumbre al anochecer, y a las tres
de la mañana estábamos todos juntos en el refugio de Urriellu”.
El día 8 de mayo de 1.983 a
las 22:30 horas, los dos escaladores alcanzaron la cumbre del Naranjo poniendo
casi punto final a la memorable aventura, y digo casi porque en la escalada
todo termina solo cuando estás de vuelta abajo. La
aventura de los dos escaladores murcianos tuvo una amplia resonancia mediática,
a pesar de los medios que se empleaban hace 25 años. Al finalizar la ruta y preguntado
José Luis por la graduación de la misma, modestamente dijo que podría haber
algún A4. La primera cordada que repitió la vía elevó la graduación hasta el A5
en algunos lugares. Desde el año 1983 la parte de la vía "Sueños de
invierno", que va desde la base hasta la repisa de Rocasolano fue repetida
sólo 2 veces en verano, en los años 1984 y 1993, y en 1998 fue realizado un intento
de repetirla en invierno, alcanzando por la ruta original solamente el tramo
que llega hasta esta repisa. De la trascendencia de esta hazaña habla sin duda
el hecho de que no fuera si no hasta 2.001 que una cordada venida desde la
lejana Rusia repitiera la ruta, eso sí, en doce días.
En febrero del 2001. Un
equipo ruso, compuesto por Viktor Bolodin, montañero, con
numerosas ascensiones invernales en cordilleras de todo el mundo y una
ascensión en solo a la cumbre del Everest (8.848 m) en el 2.000 ,Alexander
Klenov , nominado al Piolet d´Or 2000 por
la apertura de una nueva vía en la cara oeste del Spantik (7.028
m), Tenguiz Verulashvilli, campeón de escalada en los Campeonatos de Rusia
2.000 y 2.001, Anatoliv Moshnikov, había hecho cumbre en dos ocasiones en
el Everest y habia hecho el Dhaulagiri sin oxígeno y Nikolai
Totmyamin con más de treinta ascensos a montañas de 7.000 metros y
una primera invernal al Korzhenevskaya Peak (7.105m); llegaron a la
región asturiana animados por un español , Fernando Begega , que habían
conocido en Kazajstánel, haciendo el Pico Comunista en la
cordillera de Pamir, este les había mandado un correo electrónico
con el artículo incluyendo fotos, sobre la ascensión invernal de Sueños de
Invierno. Este es sin duda el palmarés exigido para la escalada.
“No
existía nada de lo que hay ahora. Ni teléfonos móviles, ni comunicaciones vía
satélite. Teníamos unos walkies que nos habían facilitado amigos de Murcia que
eran militares. Gracias a esos aparatos y sobre todo a un radioaficionado de
Llanes, Nacho Torre, estuvimos comunicados e incluso podíamos recibir llamadas
telefónicas. A partir de ahí, la aventura tuvo un amplio eco, ya que José María
García se interesó por la aventura. Lo movió todo y fue un efecto dominó con
una gran repercusión”.
Yo
fui una de las voces críticas con aquella expedición, tanto por mediática como
por la gran cantidad de material empleado para la ascensión. Quiero hoy a la
vez que escribo estas letras, mostrar mi entero reconocimiento y admiración por
estos dos montañeros, mientras que no me queda más remedio que reconocer mi más
absoluta ignorancia del auténtico significado de una gesta con mayúsculas.
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