El Laberinto
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Etiquetas: Pedriza Posterior
El tren llegó puntual
- No gracias teníamos pensado subir al Yelmo.
- Ah, nuestro amado Yelmo… Deberías ir a Patones, seguro que no te arrepentirías.
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Jesús Gálvez
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La Senda de los elefantes. ( de Navacerrada a Pedriza)
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Un problema darwiniano ( 2 de 2 )
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Cuéntame como pasó ( 1 de 2 )
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Poesía para el pobre, poesía necesaria...
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Tribulaciones de un pedricero en la Pedriza
Me he empeñado en contar una historia. Ojala sirva de algo.
Hace tan solo cincuenta años, la Pedriza mas que un entorno, un paraje, o un mundo aparte, era una caja mágica, un pequeño regalo de vida e ilusión para todos aquellos, con ganas de escapar de de la obligada vida sencilla que suele imponer la escasez, y que no permitía los grandes viajes a lejanos y exóticos lugares. Los madrileños vivíamos en el centro del universo, lo que lejos de ser una ventaja, significaba que cualquier sitio estaba demasiado lejos. Eran tiempos en los que veranear en Fuenlabrada, daba una idea de la excelente posición social que ocupaba el veraneante, la mayoría de los vecinos nos conformábamos con ir una vez por semana al Parque Sindical, la deseada playa de Madrid.
En la historia, hay gente afortunada; están en el sitio justo en el momento oportuno, y por supuesto, son osos dormidos a la espera del rayo de sol que provoca el deshielo. En el caso de la Pedriza, un puñado de aventureros urbanos , hartos supongo de la cotidiana rutina del barrio, y de remontar a nado las aguas del Manzanares a la altura del Pardo, descubrió que a cuarenta kilómetros de Madrid estaban nuestras particulares fuentes del Nilo en forma de Canchal Berroqueño, y se atrevieron a coger el coche de línea para acercarse a sus puertas, y asomarse a sus entresijos. Una vez dentro, el mundo se abría a sus ansias, a su locura y atrevimiento.
Se colaron en sus entrañas de tapadillo, mirando hacia atrás, con recelo, por si acaso tuviera que autorizarlo el Frente de Juventudes, o el párroco, o el maestro, como era habitual entonces. Nadie los detuvo y entraron, arremetiendo, como toros bravos , para escalar hasta la última de sus piedras. Varios de estos intrépidos aventureros, han pasado a formar parte de la leyenda de estos lugares, incluso algunos son legendarios mas allá de las fronteras.de estos barrios. El resto ayudó a conformar una historia de grandeza que aún perdura.
Los tiempos han cambiado, ¿para mejor?, ¿a peor?; no lo sabemos, el futuro nos lo dirá. Lo que si es cierto, es que el espíritu con el que se presentaron aquellos lejanos colegas, ha desaparecido con ellos, e ir a la Pedriza no significa más, que tomarse unas cervezas en la Casa de Campo, y la manera a la que hoy nos presentamos en sus puertas es mas trivial, con menos expectativas, y hasta quizás con cierto desprecio; desde que le quitaron la tapa a la caja, la magia se ha ido desvaneciendo. A veces pienso que aquellos legendarios montañeros, ávidos de grandeza y libertad, se comieron el pastel dejándonos las migajas, y lo único que podemos hacer es imitar con desgana aquellas hazañas.
Cuando bajo del collado de la desilla, y veo el Tolmo abajo al final del camino, no puedo resistir la tentación de volver la cabeza hacia las Buitreras, y me detengo, entonces por momentos, oigo aquellos inolvidables cánticos de los estribos con peldaños de aluminio tintineando, el ruido de las mazas golpeando las cabezas de las clavijas universales, y las voces del primero instando a su compañero a que le de cuerda. Volvías a casa con las nubes dentro de tu cabeza, repletas de preguntas absurdas: - ¿Seré el primero en pasar al lado de la Vikinga sin poner un solo buril?, ¿Se podrá escalar el Escudo del Pájaro en libre?. Al llegar a la pradera del Tolmo, ya no hay sacos de dormir bajo el techo, pongo cara de sorprendido y me digo: - Eres un nostálgico - , síntoma inequívoco de que la vejez está colonizando mi alma a pasos agigantados. Sí cuando había sacos de dormir aquí, hubiese venido algún montañero anciano, al bullicio de la gente acostada, seguro que hubiera echado de menos el silencio y la profunda soledad de la Pedriza en su juventud.
Voy bajando solo, creo que muy pocas veces antes había bajado con la soledad por compañero, y la sensación que me queda bajando a Cantocochino, al observar los nuevos colonizadores de la Pedriza es extraña, ¿es ahora un paraje domesticado, carente de encanto, de misterio?, o quizás nunca fuera legendario. Tal vez sea el final de una historia, porque todas las historias tienen final. Hoy no queda nada por conquistar, no quedan auténticos retos que afrontar, y no es necesario poner la vida en prenda por cada piedra que sojuzgar. Tengo la impresión de que todo es ficticio, virtual, sin sustancia, Pero tal vez me equivoque y es posible que sea todo cómo antes, que soy yo quien ha perdido la ilusión, y sienta que me están arrebatando la memoria, y para ser sincero me gustaría que así fuera, porque significaría que la Pedriza no me pertenece, que es realmente deslumbrante, la auténtica triunfadora en el juego de la existencia, que el ser humano es un simple pasajero en el viaje del tiempo, y que no hemos conquistado nada, simplemente nos ha sido permitido compartir un momento de su vida.
Hoy afortunadamente no tengo que detenerme en Cantocochino, el bullicio del aparcamiento me revuelve el sentido, y agradezco el hecho de no tener que cruzar el puente; sigo con el Manzanares hacia el Tranco. En mi pesado caminar, de repente en la esquina de la Camorza hay una gran algarabía, no puedo creerlo, no puede ser verdad lo que estoy viendo, es una mala pasada que me juegan los sentidos, me froto los ojos , puedo verlos a todos, son ellos, mis héroes, mis amigos de entonces, vivos y muertos, me hacen señas exageradas con los brazos llamándome, y se ríen a mandíbula batiente:
- Eres un pringao chaval, ja ja ja, y un llorica, ¿acaso crees que ya no somos legendarios?, si así lo crees es que no tienes ni la menor idea, no te has enterado de nada. Entérate de una vez pasmao, te dirán que eres una antigualla, que no estas al día, que te vayas al asilo, pero que sepas, que la memoria es una huella indeleble, el pasado se puede remover y ocultar, pero no se puede cambiar ni borrar, pueden hacer lo que les de la gana, pueden triturar la Pedriza si les viene bien, porque siempre habrá una historia esperando a ser contada, y dispuesta a levantarse sobre sus ruinas.
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Siempre acaba pasando algo - Desenlace
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Siempre acaba pasando algo - segundo acto
Al llegar al risco,un buen rato después, porque la subidita al trote me dejó hecho polvo, reconozco que nunca ha sido mi fuerte lo de correr por los montes, allí estaba el cuadro: un menda colgando de dos cuerdas en el techo de la Mayayo, otro abrochado a la pared en la reunión, sin posibilidad de moverse debido a la tensión de la cuerda, y un tercero mirando en la base de la cara sur.
- ¿Que ha pasao? – le pregunta un rubiales de aspecto irlandés al mirón
- Pues que el guiri se la ha dao en la salida del techo, y ha hecho cremallera, lo justo para estamparse contra la pared. Yo creo que esta frito.
- ¿Son amiguetes tuyos? – pregunta el Piri
- Bueno, el de abajo sí, el otro es un catalán amigo de mi amigo, pero es la primera vez que le veo, es que yo escalo poco, hoy solo vengo a mirar.
- Si es catalán no es guiri – deduce un pringaillo después de pensárselo un rato
- Tu a callar tontolaba, que no te ha dao nadie vela en este entierro. Lo que tienes que hacer es bajar al refugio a ver si hay una camilla, y avisar a la cruz roja. – le espeta otro pavo con un fino bigotillo, que le da un magnífico aspecto de subsecretario del Ministerio de Gobernación.
La peña está cómo esperando a ver quien toma el mando, cosa que hace un bigardo con más pelo que la cama de un oso y patillas de yunque, que así visto, parece sacado de la portada de un disco de los chunguitos, y con treinta años aproximadamente.
- Vamos por la normal y rapelamos por debajo de la cumbre hasta la reunión de la Mayayo, pillamos al segundo, le liberamos de la cuerda y descolgamos al guiri.
Contundente. Nadie rechista, la idea parece simple, subir y bajar. Este ciertamente parece tener dotes de mando. La gente pone manos a la obra, sacan unas cuerdas y tres mendas, Piri incluido, ponen rumbo a la cara norte para subir por la normal.
- ¿Estás bien? – me lanzo al ruedo dándome importancia, para preguntar al nota que está atrapado en reunión
- Si. – responde escuetamente entre sollozos y berridos.
- Está conmocionado – dice el bigotillos con cierta autoridad en la materia
- ¿Está cómo?, ¿Y eso que coño es? – pregunta un tal Javi
- Pues conmocionao, que coño va a ser, pues eso conmocionao. – le contesta uno de sus colegas en plan regañina.
Al cabo de un rato, ya se oyen voces en lo alto de la Mataelvicial.
- ¡Vamos a montar el rápel! – chillan desde arriba - ¿Se ha movido el colgao?
- No, ni un centímetro – le responde alguien.
Ya podemos ver al chunguito rapelando hasta el final del diedro donde se hace la reunión, con una destreza envidiable en tres saltos se planta en la repisa donde está pillao el nota.
- Houston, tenemos un problema. Este menda se ha encordado con un doble as de guía, el cual se ha apretao, y no hay Dios que deshaga el nudo, hay que cortar la cuerda pero tal y cómo está el del techo, me da miedo que al cortar la cuerda no podamos sujetar al colgao, y se desplome cómo un cohete hasta el suelo. Además no tengo navaja, ¿alguien tiene navaja? – grita con cierto nervio. Los siete que estamos a la expectativa, nos auto cacheamos en busca de la afilada herramienta., nadie parece encontrar el estilete, lo que provoca cierta tensión arriba y abajo. Por fin una luz al final del túnel, un tal Manolo encuentra un cuchillo de cocina en el tape de su macuto.
- ¡lanza una cuerda y te subo el cuchillo!
Subida la herramienta, la idea consiste en una maniobra técnica de gran calado. Entre el Piri y Curro Jiménez, Tiran de las dos cuerdas que unen a los dos intrépidos, para levantar lo más posible al del techo y hacer una gaza con un mosqueta a uno de los anclajes de la reunión, que impida que la cuerda corra mientras y una vez destensadas, cortar la cuerda a la altura del budriel del llorón y empalmar otra cuerda para descolgarle, y para que esto funcione hay que poner los estribos e ir quitando todos los mosquetones hasta dónde cuelga.
La cosa no va a ser fácil; al parecer, y por los gruñidos e improperios que emiten mis compis, entre que el colgao pesa un quintal, el poco sitio que hay, y el otro accidentado que no para de dar por culo, la maniobra se torna complicada. Bueno, parece que por fin el Piri ha conseguido su objetivo, ha fijado el mosquetón y un par de metros de cuerda caen flácidos al pecho del nervios. Ahora ya pueden cortar la cuerda, menuda pena porque parece bastante nuevecita así vista desde abajo.
Lo de cortar la cuerda es otra, el cuchillo tiene menos filo que el respaldo de un sofá, y en pleno esfuerzo Curro pierde el control, además de la paciencia, y empieza a darle puñetazos al nudo, y por consiguiente al hecho polvo, a la vez que recita una retahíla de tacos de premio Nobel de literatura. Allí arriba, en precario, la cosa pinta fea, y los de abajo empezamos a pensar que esto va a terminar cómo el Rosario de la Aurora, así que los hay que empiezan a rezar para que aparezca la benemérita.
Pasado un rato la cuerda por fin cede y el socio queda liberado, así que le colocan la cuerda del rápel en el ocho y nos lo mandan para abajo a los de la cuadrilla. El tío rapela cómo puede hasta que le recogemos casi desvanecido. Arriba, el Piri y el bandolero, se disponen a rematar la faena, hay que volver a izar al sujeto para liberar la gaza del mosquetón y el Piri se lía a quitar las drizas para que pase el nudo. Dicho y hecho, el Piri destrepa y puede comenzar el descuelgue, el peludo tira mientras el Piri calza la cuerda en el ocho y lo coloca en el Cassin. ¡Listo!, ya podemos bajarlo. Comenzamos la operación despacio, todo el mundo tiene el cuello dislocado aquí abajo, yo creo que ya he tenido demasiadas emociones por hoy, y empiezo a estar un poquito harto, pero hay que aguantar.
Por fin el catalán está sobre la reunión, el Piri le coge la cara con una mano y le acerca la oreja al pecho: ¡el corazón late! ESTÁ VIVO.
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