Otro día en el paraíso (y 7)
DE VUELTA AL MUNDO
Aquí voy, sentado en el coche de vuelta a casa, todavía puedo notar en mis manos la sensación del granito arañando mis dedos sin piedad, el aliento del vacío sobre mi cuello, y el jadeo constante de Juan treinta metros por encima de mí. Voy levitando sobre el asiento, y menos mal que no conduzco porque estoy convencido de que esta ingravidez que padezco, acabaría en tragedia para todos.
Estoy confundido, y a la vez aterrorizado pensando que tal vez más dura será la caída, y que una vez pasado en influjo de esta gloria que ahora me llena, mi vida vuelva al pozo donde se encontraba dos días atrás.
-Quiero decirte algo Juan- le dije a mi compañero sin dirigirle la mirada.
-Soy todo oídos.
-El viernes, cuando me llamaste para venir aquí, estaba pensando en quitarme la vida.
-¿Así sin más?- respondió escuetamente girando levemente la cabeza.
-Verás. Lo he perdido todo, Aurora, la empresa, la esperanza…
En ese momento Juan detuvo el coche en la cuneta, y paró el motor. La tarde llegaba a su fin y los cirros pintados de azul oscuro y rojo cerraban el horizonte hacia el oeste.
-Bueno ahora es verdad que no sé lo que hacer, después de un día como hoy uno se hace preguntas.
-¿Y qué ha tenido de especial un día como hoy?
- lo hemos conseguido, hemos liberado la vía, hemos hecho algo grande ¿no?
-Bueno es una forma de verlo.
- Venga ya Juan, hoy hemos hecho algo grande, majestuoso, ¿o acaso no te has dado cuenta?
Veras amigo Cristóbal, hoy hemos escalado, nos hemos divertido, ha sido un buen día pero no hemos hecho nada grandioso.
- ¿Qué quieres decir con que no hemos hecho nada grandioso?, esta vía la han intentado liberar, tíos con años de experiencia y clase en esto de la escalada ¿no?
- ¿Sabes que es lo mejor de la escalada?: el compromiso. Saber que durante unas horas vas a compartir tu vida con alguien a quien aprecias profundamente, que vas a fundir tu alma con el compañero, y que cuando el listón está alto no lo vas a hacer con cualquiera, en pocas palabras: amistad. Se puede hacer de otras maneras pero no trasciende. Nadie nos aplaude, ni recibimos grandes premios, tal vez dentro de algún tiempo, alguien escribirá con letras gordas nuestros nombres en alguna guía de escalada, cuando todos nos hayan olvidado, pero la roca habrá forjado en nosotros algo que jamás desaparecerá.
-Joder Juan me estas asustando.
- Déjame que te cuente algo: ¿Recuerdas a Sebas, que su madre trabajaba en unos grandes almacenes? Era algo mayor que nosotros y tiene estudios universitarios.
- Claro que le recuerdo, era de la pandilla, el tío con más geta del universo, hace un siglo que no le veo, no sé qué fue de él.
- Bien, pues yo ahora le veo con cierta frecuencia.
- Nunca me has dicho nada, no sabía que siguieras viendo a nadie de la vieja guardia.
- Sebas estudió veterinaria en la Complutense, y cuando terminó la carrera puso una clínica con un compañero cerca de Valdeacederas, pero aquello no funcionó, en parte por desavenencias con su socio, pero en el fondo porque de pronto y sin un motivo aparente, no se veía de doctor ganándose la vida vendiendo abrigos para perros, y ofreciendo tratamientos psicológicos a las mascotas de personajes excéntricos.
- ¿Y?
- Pues que dejó la clínica para fundar un refugio para animales desvalidos, abandonados, o maltratados, y es en lo que está en este momento.
- ¿Por qué me cuentas todo esto?, no entiendo nada pero intuyo un mensaje oculto en la historia.
- Hace seis meses, al bueno de Sebas, le tocaron unos millones en la lotería, ya sabes como diría más de uno, Dios le da pañuelo a quien no tiene mocos.
- Sí , en eso llevas razón
-Después de varios años sin verle, el tipo me llama y me pregunta de sopetón: ¿Me ayudarías en un proyecto que tengo en mente?
-Claro que te ayudaré, en lo que pueda, en aquello que esté a mi alcance. Le contesté.
- ¿Y qué proyecto era ese?
- El menda, se va al colegio de las monjas de San Vicente de Paul, y le dice a la superiora: ¿Les importaría que me hiciese cargo del comedor social que tienen ustedes en la calle de Eloy Gonzalo? Las monjas no dan crédito a la propuesta, expresada a sí sin más, de repente, en un principio cree que el guaje las está tomando el pelo, pero le contesta que no, que no las importa, que una ayudita nunca viene mal, y que Nuestro Señor siempre estará dispuesto a recompensar al caritativo. Con las mismas se va a Caritas y les propone una historia parecida. En resumen, que coge toda pasta de la lotería, hasta el último duro, y lo dedica a gestionar comedores para los pobres, y ha conseguido convencer a unos cuantos para poner en marcha alojamientos para familias sin hogar, mujeres maltratadas, etc.
- ¿Y tú que pintas en todo esto?
- Bien, él quería que yo le ayudase con la gestión de todo el tinglao, que necesitaba alguien de su confianza para hacer una fundación o no sé qué. Le dije que no, que yo soy chapista y no tengo experiencia en eso de gestionar, que no he pasado del colegio del Boliche, y que seguro que si lo organizaba yo acabaríamos en la ruina, buscándonos la vida con el personal al que queríamos alimentar, pero no obstante acepté ayudarle, y muchos días cuando acabo en el curro le echo una mano.
- Hay gente sorprendente, una manera extraña y extravagante de invertir la lotería.
- No has entendido nada Cris, pero no te culpo.
- Es que has dicho que ha invertido “todo”, y no me negaras que no es corriente y realmente en el mundo en que vivimos esto, está de hecho considerado como una excentricidad, hasta seguro que hay gente que lo consideraría una irresponsabilidad.
-Nosotros hemos hecho algo grande, pero lo que realmente hemos ganado es engordar nuestro ego, quizás como ya te he dicho, alguien nos ofrecerá poner nuestra imagen a una marca de calzado o similar. A lo mejor incluso nos hacemos millonarios…
- Bueno todo el mundo persigue una meta, y alcanzarla no creo que sea un pecado.
-La grandeza se mide por el impacto que tus actos tienen sobre los demás; Si eres capaz de renunciar por un momento a todo lo que tienes, para que un pobre desgraciado pueda permanecer otro día en el paraíso, un solo día más en el paraíso, entonces habrás hecho algo grande y habrá merecido la pena. El Sebas pasará a formar parte de la historia, de esa historia que no se escribe en los libros, de esa historia que no se cuenta, de esa historia de la que solo pueden presumir unos pocos, porque el beneficio no está en este mundo, ni en el otro, es un “Dios te lo pagará”, y ahora es feliz cumpliendo sus sueños entre animales y excluidos de la sociedad, aunque los acomodados de esa misma sociedad le llamen idiota constantemente, y le consideren un peligro para la misma, mientras se atormentan pensando en lo harían ellos con toda esa pasta. Eso es grandeza Cris. Ética compañero, de ética es de lo que estamos hablando.Ha sido un día muy largo, no, un día más bien denso, jodido y apretado, hemos conseguido un logro pero se me ha quedado cara de imbécil, acabaré mi viaje con este “desconocido”, volveré a casa y reflexionaré, me siento cansado y un poco vacío, además de un poco arrogante, me creía el centro del universo y hoy me acaban de mandar a uno de sus rincones de una patada en el mismísimo culo.
FIN
Otro día en el paraíso (6)
UN ESFUERZO MÁS
Otra reu más, me ha costado Dios y ayuda superar ese maldito tercer largo, y no sé si me quedan fuerzas para el resto de la vía, pero he pasado en libre por el diedro, y a pesar de ir de segundo creo que es toda una proeza, esto me está empezando a gustar, me siento cómodo y después del infierno de esta tirada el resto será como ir en taxi, creo que yo mismo desconocía mi auténtico potencial, bueno para ser justos si no es por Juan… bueno ahora a por la cumbre, ya no hay barreras físicas que se interpongan entre nosotros.
Después de unos años ya ninguno de nosotros jugaba al balón en la calle del Castillo, ni al rescate en la plaza vieja, quien más quien menos aprendía un oficio a base de gritos y guantazos por un salario de dos mil pesetas al mes, diez horas diarias, seis días a la semana. De un plumazo la niñez a tomar vientos, y el encuentro con la madurez se efectúa de sopetón, sin pasar por la juventud. Únicamente Sebas cruzó la barrera de la infancia con serenidad, es verdad que su padre era piloto de Spantax, y su madre jefa de sección en los Almacenes San Mateo, y además era el mayor de todos; Se largó a estudiar veterinaria en la Complutense, y el día que ingreso en la universidad su padre le compro un Seat 124. Solo le volvimos a ver en la boda de Sandalio. Hablando de bodas me viene a la memoria la boda de la hermana del Canito, que por cierto estaba de muerte, aunque tal vez fuera por la insuficiencia sexual de mi ardorosa pubertad, todas las chicas me parecían actrices de cine. Celebraron la boda en la parroquia de la glorieta del pintor Sorolla, a la que todos conocíamos como la glorieta de Iglesias, y fue entretenido porque nos pasamos el oficio tirándole gominolas al hermano mayor del Cani, que hacía de padrino, a pesar de las regañinas de dos vecinas a las que no les hacía ninguna gracia el jueguecito. Al terminar la boda nos fuimos como alma que lleva el diablo a los salones “El Bosque” en la calle Don Quijote. Un festín, un auténtico festín. Croquetas de ave con jamón, calamares a la romana, fiambres selectos, eso solo de entrantes. Lo estoy recordando y aunque parezca extraño, Aún hoy siento aquellos sabores en el paladar…, trucha a la Navarra, ternera en su jugo, tarta nupcial y un puro, si, un puro, y a las señoras y a los niños un Winston.
En el momento de los champanes, y poco después de los consabidos vítores se levanta el Lorenzo, que iba un pelín pasao, copa en mano, y comienza a entonar las primeras estrofas de la cantata de Santa María de Iquique, atentos al reclamo de nuestro comandante en jefe, nos levantamos para acompañarle en tan singular cántico; de esa manera, los representantes en España de Quilapayún hacen sonar la Cantata por todo el recinto. De repente y sin mediar palabra, el novio se levanta se cuadra, y en posición de firmes comienza a entonar el himno de la Legión, acto al que se unen una docena de miembros, hasta ese momento sentados en las mesas adyacentes a los novios. Como en la película de de Casablanca, las dos tonadas pujan por imponerse a la vez que se adueñan de los salones; Julio el “sordo”, enajenado por las notas del himno de la Legión, arrojó cual misil los restos del plato de ternera en su jugo a los integrantes del coro patrio.
Fue una lástima pero todo acabó ahí, yo empezaba a imaginar una guerra de tartas tipo película muda, pero el personal de los salones se hizo rápidamente con la situación, y tras una retahíla desmedida de bofetadas y empujones, a la puta calle los más débiles. Resulta que el novio, era sargento de la policía armada destinado en la brigada de investigación social, y aquello de Santa María de Iquique le superó con creces, no estaba dispuesto a aguantarlo y menos el día de su boda. Ni que decir tiene que tuvimos que aguantar la bronca de la familia al completo del Canito, pero eso sí, al amigo Julio lo único que le importó fue el tiempo desaprovechado: ¿Y para esto me he quedao yo sin escalar?
Cuando compré mis primeras botas de alta montaña, aquel mismo fin de semana, fue con motivo de estar listo para el viaje al Espigüete, y la ocasión lo merecía. Fui con Carlos Madruga a Gonza, en el Rastro, llevaba el dinero enrollado y sujeto con una goma, era mi sueldo de un mes y lo apretaba en mi puño cerrado, quería esas botas pero era difícil abrir la mano y dejar volar toda esa pasta. No tenían mi número así que me llevé un número más alto, Carlos decía, “no hay problema tronco, te pones otro par de medias y a otra cosa”. Le creí, Carlos tenía diecisiete años y experiencia. Salía al monte desde hacía seis meses.
¡Venga Cris atento solo dos largos más y nos plantamos en la cumbre! Esto es Jauja
Conocí a Aurora en el Valle de Ordesa, Fuimos Juan, Manolo Cruces, Andrés, y Javi el Pasota, con la sana intención de hacer alguna vía en el Tozal del Mallo, y tal vez subir al Goritz, y desde allí alcanzar la cumbre del Perdido, era un largo puente de una semana Santa tardía, es decir en el mes de Abril, lo que permitiría matar dos pájaros de un tiro, roca limpia por un lado, y buena nieve en las alturas. Aurora era una montañera a la nueva usanza, más escaladora que andarina, autosuficiente, y luciendo una musculatura producto de una asistencia al gimnasio de forma regular. Veo aquellos ojos marrones con nitidez, su pelo oscuro rozando el cuello, y su sonrisa, aquella sonrisa doblegaba ejércitos. Estaba en el aparcamiento de Ordesa con algunos colegas, uno de ellos era conocido de Andrés y fundimos los grupos en saludos mutuos.
- ¿Qué vais a hacer? - Me preguntó directamente como si nos conociéramos de toda la vida.
– Bueno hemos pensado subirnos al Tozal por las Brujas – Le contesté sin dejar de mirar su sonrisa.
- ¿Lo de bruja no lo dirás por mí?- contestó señalándose a sí misma con su dedo índice.
A eso lo llamo yo un corte jamonero, me dejo planchao, sin saber que responder, creo haber soportado en mi cara todas las versiones imaginables de rubor, boquiabierto y supongo que por supuesto con una cara de imbécil digna de medalla.
- Es una broma compañero, nosotros también vamos al Tozal. Pero con menos aspiraciones, vamos a la Ravier.
Aquel puente, escalamos, conversamos, y nos enamoramos.
Mi vida era perfecta, tenía monte, trabajaba para mí mismo, compartía mi casa con una mujer, viajábamos por el mundo a la búsqueda de nuevas sensaciones, y el tiempo pasaba como una locomotora a gran velocidad, había alcanzado el Shangri-La, y estaba dispuesto a disfrutarlo.
Estoy arriba Cris, es un pasote de largo, te va a encantar, nunca antes hemos hecho nada semejante, hemos liberado la vía, ni un maldito A0, todo a mano, venga tío tira p’arriba, que estoy a un tiro de la cumbre.
Bien voy a subir, pensándolo bien, estoy en buena forma y con toda esta historia que me he montado yo solo, no me he dado cuenta de que estoy haciendo la mejor escalada de mi vida, para ser sincero escalar con Juanito es un lujo, es todo más fácil, supongo que transmite su personalidad a la escalada, su forma simple de transitar por la vida, no buscar las complicaciones más allá de lo necesario.
Después de casi diez años sin verle, Juan y yo nos encontramos en el Club Alpino, en una proyección de una expedición a los Andes, eso sí, no recuerdo ni la expedición ni a sus componentes, el caso es que allí estaba, y me sorprendió no solo su presencia, sino su estructura corporal, ya no era aquel chaval esmirriado que se subía por las tapias del barrio, era un tío fornido, sin gota de grasa en su cuerpo, de tal manera, que fue él quien me reconoció. Hablamos, recordamos los viejos tiempos entre risas y nos emplazamos para escalar en la Pedriza ese sábado, desde entonces formamos cordada. Yo no me considero mal escalador, pero a su lado parezco un perfecto inútil, muchas veces me he preguntado que le llevó a escalar conmigo.
De aquí hasta la cumbre los largos restantes son puro trámite comparados con el infierno anterior, se podría decir que después del éxtasis anterior, prácticamente se podrían hacer en ensamble, la vía se puede decir que ha terminado, bueno es verdad que hasta que el árbitro no pita, no se acaba el partido, pero tendría gracia que nos fuéramos a matar en este tramo después de todo lo que hemos pasado. Haciendo un repaso la verdad es que ha estado bien, ¡qué coño!, ha estado muy bien, y es una vía que bien puede servir de preparación para acometer esos séptimos de Alpes, y de Yosemite.
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| Tozal del Mallo, Ordesa |
¡Venga Cris!, te voy a conceder el privilegio de hacer cumbre el primero que te veo animado, te voy a hacer una foto para que la cuelgues en la galería y puedas presumir de escalador.
Voy ascendiendo, siento un hormigueo que me electriza la piel, y noto cierta ansiedad por llegar a la cumbre. Adoptaré la postura de la “X” para la foto. Me gustaría un entorno nevado para ponerme en la piel de Anglada, transformarme en su espíritu de color sepia, y tener un piolet que blandir en aquel singular cielo de papel de periódico. Hoy en mi viejo barrio no queda nadie, quiero decir que no queda nadie de aquellos que compartieron mi juventud, tengo la suerte de compartir este espacio con Juanito. Echo de menos aquellos partidos de fútbol en la calle adoquinada, las partidas de canicas en el patio del instituto, los cromos y las excursiones al Rastro, para encontrar aquellos ejemplares difíciles que nunca salían en los sobres, los trabajos eventuales como monaguillo en la Semana Santa, que te permitían por unos días acceder a la comida de los curas, y al vino de misa.
Echo de menos a las niñas del parque con sus uniformes azul marino, porque sin la más mínima duda eran lo que más alegraba la vista de los híper hormonados machos, futuros reproductores del lugar, las filosóficas discusiones en los bancos de la Plaza Vieja, y por supuesto, me lleva el alma pensar en los autocares de la Viuda, repletos de aspirantes a hombres y mujeres, con mochilas atiborradas de ilusión y de esperanza, jamás he tenido enemigos en la montaña, nunca me ha negado el saludo alguien con un macuto lleno de cachivaches de escalada. Creo que nunca habría compartido mesa y cama con perfectos desconocidos fuera de las montañas.
Es extraño, veo el pasado frente a mí como algo natural, vivo, me veo a mí mismo mirándome a la cara, es mi vida, no la podría haber vivido de otro modo, no me habría gustado vivirla de otro modo. Tengo un regusto dulce, Juan lo ha dicho, hoy ha sido un gran día, por fin ya estoy en la cumbre, no puedo describir la sensación de felicidad que me invade en estos momentos, soy feliz, tremendamente feliz, no puedo expresar mi felicidad por métodos convencionales, inteligibles, el mundo gira sobre mi cabeza, sobre los apretados puños y mis brazos extendidos. ¡Venga Juan, un abrazo!
Otro día en el paraíso (5)
TERCER LARGO
-Esto es duro amigo, la cosa se va poniendo complicada según vamos tirando, voy a colocar un cacharro aquí por si vuelo desde arriba, no quiero estampar mi cabeza contra la reunión...
¡Tronco… he llegado al primer clavo!, está mas oxidao, que el miembro de mi jefe, a partir de aquí esto se extraploma, la fisura es casi ciega; no sé cómo me las voy apañar para meter seguros, se me van a quedar los brazos como un chicle masticao. Atento que me parece que no voy a poder poner nada hasta yo qué sé donde, y el vuelo puede ser de juzgado de guardia.
Estoy empezando a ponerme tenso, espero y confío que si lo ve chungo, pondrá una cinta larga y meterá el pié, o meterá una exprés, o llamará a los bomberos y lo solucionará en A0, aunque si lo pienso bien, ha venido hasta aquí para forzar la vía en libre y si tiene que caer cien veces, caerá. Claro que como esté esperando a que le saque yo las castañas del fuego lo lleva claro, hoy no doy ni dos duros para el Domund. Como le envidio, se fija una meta y la consigue como sea, si no es hoy será mañana pero no se rinde jamás. Necesito calmarme, si lo miras bien no lo he hecho mal en el largo anterior, o sea que no voy tan patéticamente horroroso. Bueno vamos a estar atentos al Juanito.
Por aquellos años divertirse en Madrid consistía en llenar un tacón de zapato de tachuelas, y jugarse los cromos en cualquier lugar abierto, y con catorce años, pegarse a la puerta de la Casa de Córdoba, para que en un descuido del portero, ¡zás! Entrar como un rayo hasta el salón que servía de discoteca los sábados y domingos por la tarde. Éramos los últimos golfillos, los residuos de la post guerra, los confines de una civilización perdida en el fondo de la España subdesarrollada. El Seat 600 y los pisos en Arganda, estaban convirtiendo al obrero madrileño en señorito de feria, amanerado y bien educado, ya no estaba bien visto llevarse las aceitunas por el morro en la tienda de frutos secos de la Manquita, ni fumar hojarasca liada en papel de periódico, en aquel momento lo que se llevaba, era comer gambas en la tasca de la esquina, y tirar las cáscaras al suelo en la base del mostrador, hecho que infundía prestigio e hidalguía al local en cuestión. Creo que los espacios abiertos de la Pedriza me trastornaron para siempre, y a Juan… a él le proporcionaron una perspectiva entre tanta miseria.
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| El símbolo del progreso |
-¡Cris atento!, me chiclean los brazos, no sé si voy a llegar al clavo, la fisura es imposible, de yemas a muerte, no me entra nada de lo que llevo colgando, la grieta es demasiado estrecha, los fisureros que llevo son muy grandes, no sé si lo voy a conseguir.
No te caigas chaval, ponte el traje de Spiderman, pero no te caigas. Tengo las dos cuerdas combando sin piedad desde su posición hasta el friend que ha puesto a la salida de la reunión, y está a casi veinte metros de distancia, lo que implica si las matemáticas no fallan son cuarenta metros de vuelo libre, porque el clavo no cuenta. Espero que lo saque porque lo que es yo… Parece que el tiempo se hubiera detenido, todo lo que sucede a mi alrededor va a cámara lenta. Yo aquí distraído con mis recuerdos y el Juan está pariendo quintillizos, me voy a empezar a preocupar. Ni siquiera soy capaz de animarle, tengo un nudo en la garganta. Si cae será el fin, sin un puto seguro desde el clavo roñoso, que no aguantará el salto, se va a estampar contra la pared por debajo de mí.
Tengo la mandíbula apretada, me va a estallar la cabeza, nunca antes me había dejado dominar por el miedo, creo que debería ser yo el que estuviera allí arriba, el que debería machacarse contra la pared, después de caer cuarenta metros a plomo; soy yo quien tiene que desaparecer y no Juan, voy a llorar... de miedo, de rabia, de cólera, de impotencia…
-¡Hostias compi!, parece que esto afloja, tengo algunas regletas grandes para los pies y estoy viendo la luz al final del túnel, veo el taco, tiene un alambre; si logro pasar un mosquetón todo será distinto. Al loro que voy a pasar, dame cuerda. Estoy fundido, no estoy seguro de que vaya a conseguirlo pero solo me quedan dos metros, dos metros hasta el taco.
¡Joder!, ha pasado lo más tenso y se acerca a la reunión del tercer largo, ¡lo está haciendo!, va a salir, ¡eres una máquina Juan!, no me lo puedo creer, ¡eso es, ese es el Mula!, ahora me ha dado la risa floja y estoy sudando como un pollo, te voy a comer a besos maldito cabrón.
-Tengo un buen agarre para la mano y el desplome empieza a enderezarse, y la fisura se abre lo suficiente para meter los cazos, he pasado lo peor Cris, la reunión está a dos pasos, ¡ya es nuestra!
¡Bien, bien! Joder que descanso, se me han soltado los brazos de la cuerda sobre el reverso, y caen flácidos sobre los costados, mi cuerpo entero pende desmadejado del ballestrinque. Es curioso, así al principio quiero acabar con todo, y de repente me da por saco matarme en esta tapia, será lo del Ying y el Yang, de cualquier manera no me arrepiento de haber venido, a pesar de la flojera y los nervios que me tienen como un flan, y es que escalar con el Mula una vía como esta, es lo que uno siempre ha esperado, un regalo de dios.
Pero ¿cómo he llegado hasta aquí? la respuesta es sencilla: yo era un culo inquieto, y como le sucedía a Paco Martínez Soria, la ciudad no era para mí. En mi infancia terminar el bachillerato, era un logro de la misma categoría que ascender por el espolón de los Abruzos a la cima del K2, yo terminé tercero de bachillerato, y acabé en un taller de mecánica, el Juan arreglando aletas abolladas de los coches, y Sandalio horneando libretas de pan candeal en una tahona de la calle de la Palma. Solo Sebas fue a la universidad, pero es que el Sebas era de categoría, vivía en la glorieta de Rubén Darío. Lo normal para los del montón, era acabar en la una escuela de formación profesional, aprendiendo oficios como el de “bobinador”, lo que me lleva a imaginar a un panoli haciendo bobinas de hilo de cobre, imprescindibles para los inducidos de las dinamos de los coches y yo que sé que más cosas, diez horas diarias, seis días a la semana, lo que era demoledor para los hijos de la calle, totalmente dependientes del por aquel entonces limpio aire de Madrid, y porque en nuestra habitación dormíamos seis personas, o siete cuando al llegar a casa, te encontrabas un día al primo del pueblo viviendo allí, a ese que no conocías ni de verlo en fotos, porque le habían destinado a hacer la mili en Carabanchel en un cuartel de infantería .
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| Josep Anglada y Jordi Pons camino de las Dolomitas |
La calle era tu hogar, era el sitio a donde te mandaba tu madre por múltiples razones: hijo vete a comprar el pan, hijo vete a la calle que estoy fregando el suelo, hijo que me estas poniendo la cabeza como un pandero.
Los estadios de fútbol para chapas eran de tierra, y estaban en los parques; las carreras ciclistas, surcaban carreteras de arena construidas con las palmas de las manos, y estaban en los parques; los amigos no eran de tierra ni se hacían con las manos, pero estaban en los parques; la vida era sencilla: si tenías parque, tenías casa. Así que aquello era el final del principio, aún no te ha salido el bigote y ya estás licenciado en historia de la vida.
Los estadios de fútbol para chapas eran de tierra, y estaban en los parques; las carreras ciclistas, surcaban carreteras de arena construidas con las palmas de las manos, y estaban en los parques; los amigos no eran de tierra ni se hacían con las manos, pero estaban en los parques; la vida era sencilla: si tenías parque, tenías casa. Así que aquello era el final del principio, aún no te ha salido el bigote y ya estás licenciado en historia de la vida.
Un día a causa de un catarro de esos que rascan en el pecho como la marcha atrás de un Simca 1000, di con mis huesos en el ambulatorio, alguien dejó un diario deportivo en el asiento de la fría y escasamente iluminada sala de espera, y al ojearlo, en páginas interiores una foto a doble página me llamó la atención: era un tipo vestido de pescadero, con botas katiuskas y levantando un pico de la mano, uno como esos que llevan los obreros para hacer zanjas; con la cara quemada y gafas de soldador como las que usaba el Juanito, estaba de pie sobre lo que debía ser el pico de una montaña con un montón de nieve. El pie de foto decía:
“Reuters.- José Manuel Anglada consigue el primer ocho mil nacional al hoyar la cumbre del Annapurna oriental en la cordillera de los Himalayas”.
No voy a decir que me impresionara, primero porque no tenía ni la menor idea de lo que estaba viendo, y segundo porque no sabía muy bien con que relacionar esa noticia, pero me quedó grabada esa enorme sonrisa de satisfacción sin límites, que le llenaba la cara por debajo de las gafas, y no entendía bien el por qué de esa satisfacción, iba vestido como un zafio y no tenía pinta de estar muy bien de salud; a pesar del amarillento de la foto su aspecto era bastante tétrico, a juzgar por el oscuro color quemado de su cara. Recuerdo que pensé: Si este tío es capaz de reírse en semejante situación es que ha hecho algo grande y lo demás le importa un pimiento. Creo que hasta aquel día yo no había visto un alpinista en mi vida, es más, dudo que supiera lo que era un alpinista. Jamás olvidaré a Josep Manuel Anglada.
La casualidad me sacó al monte, y aquella vez en el Yelmo, el oxígeno entraba a presión en mis pulmones, y el brillante sol del otoño me abrasaba la cara. Creo que fue allí donde la Pedriza me atrapó, recordé a Josep Manuel Anglada con el careto quemado, sonriendo en aquel periódico de color sepia y entonces, sin el menor esfuerzo, fui capaz de comprenderlo.
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| El Annapurna, una de las montañas más hermosas del Himalaya |
Otro día en el paraíso (4)
SEGUNDO LARGO
-El croquis dice 6a/6b. Hay una placa de garbancitos bastante técnica, con fisurillas pequeñas y agarres diminutos que se puede proteger bien con unos micros; a la salida del muro hay un desplome con un puente de roca, creo que no habrá problemas para pasar, nos ha contado el Jibia que se pasa en libre con un buen empotre de puños, para alcanzar un purito al final del techo donde encaja el brazo entero, un buen, buen agarre . Venga tío que es tuyo.
Voy a pasar de primero, eso del empotre no me ha sonado bien, mis brazos no están para muchas tensiones hoy, creo que más que por condición física, por mi fuerte desmotivación pero no pienso fallar de nuevo aquí en el monte, y menos a mi socio de toda la vida.
Cuando éramos chiquillos jugábamos al fútbol en la calle, a decir verdad todo lo hacíamos en la calle, y a menudo el balón saltaba la tapia de un garaje en la calle del Castillo. No había problema allí estaba él, enjuto y fibroso, con la delgadez que proporciona la escasa y poco energética alimentación de aquellos tiempos, a base de leche en polvo, y patatas con raspas de bacalao; y esos bocadillos de una tonelada de pan con dos onzas de sucedáneo de chocolate, que solíamos compartir entre los amiguetes al salir de clase. Lo bueno era que de grasas ni cien gramos, no hacían falta dietas mágicas para mantener la línea, así que, doblábamos el esqueleto como el mismísimo Houdini, eso sí, como de vitaminas y minerales nada de nada, las lesiones eran parte de la rutina diaria, recuerdo a mi madre diciendo, - Hijo tienes más mataduras que un burro-, pero el fisioterapeuta era un personaje que aún no se había inventado, y uno aprendía a cargar con sus lesiones. Va, a lo mío que la situación no está para nostalgias, vamos a ver de qué va este largo y al toro que es una mona.
-¡Vamos Cris! Te estoy viendo y alucino, no doy crédito a lo que ven mis ojos, ¿te has metido un cohete por sálvese a la parte? No te había visto tan suelto desde la Serón al Pisón el año pasado. ¿Cómo ves la fisura?
Aquí el prenda de recochineo, estoy debajo del techo y a simple vista no parece my grande, pero solo de verlo ya me dan ganas de llorar. ¡joder! Estoy empotrando el alma en este cerrojo de puños, y ya casi no puedo aguantar los pies en la pared, me voy a quedar colgando de los puños y como no haya nada serio adonde agarrarme ahí arriba en la salida, acabaré colgando de la mierda esa de fisurero que he puesto a la entrada. Este tramo es duro, muy duro, y no me entran las manos del todo, voy colgando de los puños, y seguro que tengo las venas del cuello como rabos de lagartija; no me falta de nada. Solo me queda un metro ¡joder!, me voy a dejar la vida aquí, no me hará falta ir al foro a suicidarme.
¡Por fin!, ¡dios existe! Un agarre para la derecha, no me lo puedo creer, creo que voy a salir de esta. Medio metro mas y estoy fuera. ¡Dios! Se me va a salir el corazón por la boca. Estoy en la repisa, me tiemblan hasta las uñas de los pies, montaré la reunión. No me lo puedo creer: ¡6b en libre!, si me lo dicen hace dos horas me hubiera partido el culo de risa, haber si para la temblequera, y puedo respirar un poco.-¿Has llegado a la reunión?, ¿Qué tal el techo?, ¿lo has pasado a pelo? Dime algoCris, que estoy impaciente.-
Estoy en la segunda reunión, es una ínfima repisa inclinada, tengo que montar la reunión colgado, no es muy grande pero dadas las circunstancias, parece una plaza de toros, a ver si puedo dejar de jadear, todavía me late con fuerza el corazón.
Voy a recoger la cuerda, no sé qué pasa, estoy empezando a alucinar, porque tengo delante las caras de mis colegas de antaño, Juanma, Juanito, Sebastián Pulido, éramos una banda increíble, pasábamos las tardes entre los billares del Canini a base de pierde pagas al billar, en unas mesas con tapetes que antaño fueron verdes, llenos de costurones cerrados con esparadrapo, lo que obligaba a la bola a dar saltos mortales durante su recorrido, o al ping-pong con paletas de corcho con los bordes machacados, y unas bolas renegridas que supongo fueron blancas en un pasado no demasiado lejano, o en la plaza vieja, sentados en un banco frente a las alumnas del colegio de las Damas Negras, que eran monjas y no una secta diabólica como puede indicar su nombre, viendo como saltaban a la comba mientras lanzábamos miradas y gestos obscenos a distancia en dirección a las hembras, como si fuéramos una manada de leones en época de celo en la sabana africana, la flor y nata de la juventud obrera del barrio, frente a la vanguardia de la clase media con falditas de tablas azul marino. Ni que decir tiene, el fiasco sexual estaba garantizado, pero soñar es gratis, y protegidos en el interior de la manada rugíamos con desparpajo, mientras ellas nos dedicaban risitas con una cierta dosis de complicidad. Al final de la tarde, cada mochuelo a su olivo, los leones a meter los pies en el barreño, porque la ducha era otro artilugio que estaba por inventar, y las gacelas, a las clases de costura.
– ¡Ya puedes subir, ten cuidado a la salida, me he dejado las manos, y alguna cosa más en el puñetero techo!-
-Vamos con ello, ¡recupera!
No puedo verle pero por la velocidad a la que la cuerda va pasando por el reverso…, el Juan va como una moto. A este tío no se le pone nada por delante, me acuerdo cuando empezamos; fuimos Manolo y yo con un tal Sandalio compañero de Manolo en el taller de amortiguadores, y otro chaval amigo suyo al que llamaban “el espiga”, ya se puede uno imaginar por qué. Cogimos el autobús de las ocho y media en Plaza de Castilla con dirección a Manzanares el Real; yo lo más lejos que había viajado solo fue al barrio de Hortaleza en metro por la línea cuatro, así que ver el campo desde el autocar hacia Manzanares el Real, era lo más parecido a contemplar la estepa camino del Hindu Kush. Armados con botas de montaña con agujeros y unos pantalones de pana, nos apretamos un palizón desde Manzanares, hasta el Yelmo, cumbre a la que accedimos por la “Valentina”, una vía que recorre su cara oeste hasta el vértice geodésico, con una cuerda de cáñamo de menos de cuarenta metros para todos; menos mal que no cayó nadie porque más que encordados, íbamos como las vacas: atados en reato.
Desde allí arriba, era como si estuviera flotando en aire, era lo más cerca que podría estar de ser astronauta, mirando hacia el pantano de Santillana desde el cilindro de hormigón que marca la cumbre, era como ver la tierra desde fuera de la galaxia, podía contemplar a la gente caminando por la pradera del Yelmo, como si fueran puntos serpenteantes en un mundo plano, habitantes de de dos dimensiones culebreando por la pradera, mientras, el aire flirteaba con mi cara aportando frescor y calma, a la vez que abría un libro con las páginas en blanco, un libro repleto de futuro e ilusión. Una paz sensual. Yo que no había visto ni oído nada acerca del sexo, salvo los anuncios de ropa interior en los escaparates de las corseterías de la calle de Fuencarral, aquello me pareció un éxtasis de lujuria. Cuando bajamos de la cumbre, tenía la sensación de haber subido al cielo.
Bueno estamos los dos aquí, no hay mucho sitio para los dos así que allá va el Juanito sir parar. Creo que no se aguanta, se le sale la adrenalina por los costados. Estoy orgulloso de él, creo que no he conocido otra persona igual, es gracioso, tenaz, y de puro bueno es tonto, el que se la quiere pegar no tiene ninguna dificultad, hay que estar siembre pendiente de él, siempre vigilándole. Su madre le dejaba un bocadillo para comer en el tajo, mientras ella iba a limpiar escaleras. Un día se cruza en la puerta del taller con el caradura del Sebas, y ni corto ni perezoso, le cuenta que habían echado a su padre del trabajo, y no tenía para comer. El insulso de Juan le mira, mira al bocadillo y le cede el bocata sin hacer una sola pregunta. No era verdad que hubieran echado al padre del Sebas del trabajo, y en su casa los jamones colgaban de las ventanas para escarnio de los vecinos, pero tenía una especial manera de echarle cara al asunto y fastidiar al prójimo. Era una versión magnificada de Manolito el de Mafalda, y mira por donde, hasta creo que estos tipos son imprescindibles en la vida, para poder distinguir el bien del mal. - No hay ricos sin pobres – me decía siempre mi abuela cuando la pedía pelas los sábados por la tarde.
Por aquel entonces, el dinero era un perfecto desconocido para nosotros, una quimera, y pensábamos que era algo que nunca alcanzaríamos a tener, y eso tenía su lado positivo, no existía la avaricia y éramos totalmente ajenos a su valor, lo compartíamos prácticamente todo, las pelas para los transportes, los bocatas para las meriendas, y los filetes rusos para la sierra, incluso los caraduras eran más simples que el mecanismo de un chupete. Y eso sí, se luchaba por cada centímetro de vida, todo era importante en un mundo dónde los logros se medían por unos cordones nuevos en los zapatos. Lo único que se buscaba era obtener el reconocimiento de los chavales del barrio, ser el mejor en lo que fuera, era lo más importante que podías conseguir en la vida, porque además estábamos convencidos de que el barrio era todo lo que importaba, el mundo conocido; El barrio de Carabanchel, era simplemente el extranjero. Más allá de “La Paz”, una gigantesca cascada se precipitaba hacia las entrañas de la tierra.
Otro día en el paraíso (3)
PRIMER LARGO
-Bueno don Cristóbal, ¡segundos fuera! Me concedo a mi mismo el honor de comenzar la vía, llevo toda la chatarrería encima, así que…damos un traguito de la botella de agüita milagrosa, me coloco el casco en la mollera y… vamos p’alante. Al loro Cris que voy.
Bien: empieza él, como estaba previsto, sin sorpresas; le miro y mi cabeza se llena de historias de mi infancia, me recuerda aquellos Serenos que patrullaban las calles madrileñas durante la noche, armados con un chuzo y embutidos en una especie de gabardina gris y gorra de plato, a la usanza de la policía armada de aquellos lejanos ya años sesenta, y con las llaves del portal de todos los vecinos del barrio colgando del cinturón. Juan no lleva llaves, el carga fisureros, cintas exprés, friends, cintas planas y algunos cachivaches mas colgando del arnés, y cambia la gorra por un casco ligero de fibra, pero la sonrisa y la disposición…, amigo, esa es la misma que ofrecían los serenos a sus vecinos en plena noche, siempre de buen humor, siempre dispuestos a abrir el portal a los rezagados aunque el trabajo no daba ni para comer; eso si no les hacía falta cama, trabajaban toda la noche y luego durante el día a buscarse la vida en lo que saliera. Dieciocho horas de trabajo por jornada, para llevar el pan a una familia que le esperaba pacientemente, en una corrala con el wáter comunal en el pasillo, lo llamaban la España profunda, aunque era y sigue siendo una España bien superficial.
Ha dado tres pasos por la pared dando pataditas con la puntera del gato, tanteando, midiendo la textura de ambos, coloca las dos cuerdas entre sus piernas, y se detiene a inspeccionar visualmente el camino vertical, es un Guepardo acurrucado a sotavento olisqueando la hierba en la sabana, con la vista clavada en lo que debe ser la línea a seguir, mientras pone a trabajar al radar, buscando referencias, seguros, cantos, y midiendo la longitud del trazado hasta la primera reunión, entretanto agita sus manos buscando la correcta circulación de la sangre hacia las yemas de los dedos; resopla, se concentra, palpa todas las unidades del material , y con la cabeza gacha medita, busca su Ángel de la guarda para que le acompañe . Es impresionante, nunca antes lo había analizado, es una coreografía precisa, hermosa, digna de un Ballet majestuoso. Me encanta su comportamiento, es ciertamente un predador ejecutando su danza serena y metódica previa a la caza. -El primer largo es fácil, según lo veo, va por la placa hasta el resalte de la derecha con el bloque grande ese que se ve allí arriba, luego en travesía a la izquierda por la vira hasta la base del muro ese con el diedro a su izquierda. Chupao, así a primera vista no pasa de V/V+.
Ya está dentro, no se…, no me puedo concentrar, y ahora su vida podría depender de mí, y ese es el problema, en estos años de atrás mucha gente dependió de mí y les defraudé, no pude estar… ¡no!, no supe estar a la altura y todo se fue al garete, pero me he jurado que esto no sucederá otra vez. Me vi a mi mismo como un gran hombre de negocios, y fundé una empresa que se supone debería haberme llevado al Olimpo de los magnates, derecho a la primera página de la revista Forbes, a la riqueza y la buena vida, pero como se ha comprobado no tengo maneras de empresario, y se ha ido todo a la mierda. Pero no solo lo mío están esas familias que dependen del trabajo que ofrecía la empresa.
Alguna vez en la vida todos nos creemos Bill Gates, y reclamamos los diez minutos de fama que Wharhol dijo que todos tenemos por derecho. Lo cierto es que la gloria y la fama son cosas reservadas para unos pocos elegidos, que incluso en infinidad de ocasiones ni siquiera han perseguido. El noventa por ciento de las veces, el éxito pretendido resulta ser una quimera.
-Dame cuerda Cris que te veo un pelo atolondrao, y estate atento que no te veo metido en faena, tienes la misma cara que el que mató a Manolete. voy a meter un cacharro a la entrada de la travesía con una cinta larga, no habrá problemas para que corra la cuerda en el bloque gordo este, además está algo tumbadilla, sin problemas, así a vista parece que la travesía no se puede asegurar pero creo que tiene bastante canto, y no es muy larga, unos… siete u ocho metros; si me voy al final, voy a dar un pendulazo que ni el Botafumeiro, ¡atento Cris!
Va deprisa y con elegancia el guaje, pie tras pie, mano sobre mano, con la cadencia exacta como mandan los cánones de la escalada, confiando su peso a las puntas de los dedos de sus pies, practicando ballet sobre la pared con exquisita delicadeza. Tengo que reconocerlo el Juanito escala con la misma seguridad que las puñeteras cabras, y con la esbeltez de Nacho Duato, es además un Carl Lewis de la vertical, y un ejemplo de cómo estos tíos no dan ningún crédito, ni sienten respeto alguno por la ley de la gravedad cuando escalan; algún día, aunque no ha subido ocho miles, sobre todo por cuestiones económicas, a ver en su caso quien es el guapo que se paga un viajecito a Pakistán, y las grandes expediciones ya se sabe, no son para los buenos sino para los recomendados, algún día la historia hablará de él.
Cuando le conocí éramos dos chavalillos más del barrio de Chamberí, su madre era la portera de un inmueble en la calle de Raimundo Lulio, y su padre era farolero del ayuntamiento, una profesión que parece sacada de un libro de Dickens, y que por supuesto como el ochenta por ciento de las profesiones de entonces, no daba para comer. Por lo que durante el día arreglaba pinchazos y otras zarandajas en un taller de bicicletas en la avenida de la Reina Victoria. Pasábamos el día en aquel colegio de la calle Garcilaso patrocinado por las monjas, mientras hacíamos que estudiábamos, y a su vez el maestro hacía que nos enseñaba. Nos pasábamos la clase escupiendo bolitas de papel por el canutillo de un bolígrafo, en dirección a la mesa del señor maestro, don Julián, aunque era más conocido por el “boliche”, que era el aspecto que ofrecía su inmensa calva a vista de pájaro. Cuando Don Julián se quedaba traspuesto con la cabeza tiesa sobre un libro, en su apolillado escritorio asentado sobre una tarima plagada de chinches, cosa que sucedía con bastante frecuencia, y un hilillo de baba descendía por su mentón, los avezados pupilos redactábamos en los cuadernos de gusanillo, la historia de nuestras vacaciones; como si tuviéramos vacaciones. Creo que la gran mayoría ni siquiera sabíamos el significado de la palabra vacaciones. Lo único que sabíamos con certeza, es que había días con colegio, y días sin colegio.
En mitad del silencio, y una vez comprobada la profundidad del sopor, desenfundábamos los canutillos, armábamos las ojivas con las bolitas de papel, y desplegábamos toda la potencia de fuego en dirección a la calva del Boliche. Cada vez que una pelotilla hacía blanco sobre su brillante calva, despertaba bruscamente y su reacción no se hacía esperar, siempre era la misma: Se levantaba de la silla y con voz de trueno se dirigía al atemorizado alumnado: ¡Usted, y usted, y usted también, a la pared! Entonces blandía una regla de madera de cincuenta centímetros con un borde afilado, y calentaba hasta la ebullición los cuellos y las palmas de las manos de los incautos responsables, escogidos sin criterio alguno, de forma aleatoria como mandaba el reglamento. Era patético. No me imaginé ni por un instante que años más tarde este chaval con aspecto de refugiado camboyano, sería mi compañero de cordada.
-¡Cris! Estoy en la reu del diedro, la travesía se da sin problemas, tiene buen os agarres, y no es difícil, a lo más hay algún paso de V+; voy a recoger cuerda, avísame cuando estés listo.
Bien ya me toca, espero más por el bien de Juan que por el mío relajarme un poco y dedicarme a escalar que es a lo que he venido, lo que tenga que pasar después, eso. Que sea después. Lo bueno de este oficio es que te ocupa el ciento diez por cien de tu disponibilidad, y te olvidas del entorno, es como bailar en la cuerda floja; mira por dónde, me viene a la cabeza la estampa de Dean Potter paseando sobre el cable del slack line, desde La cumbre de Lost Arrow, hacia Upper Yosemite falls con los pies descalzos, y sin red. El patio es de trescientos metros sin anestesia. Hay gente especial, da vértigo solo con mirar la foto del Potter ese. Todos hemos querido alguna vez ser reconocidos en el campamento cuatro del Yosemite National Park, ver como los escaladores nos siguen con la mirada mientras nos dirigimos al Cap., y creo que todos hemos querido alguna vez vestir la capa de los Supermanes Cassin, Reynold Messner, Ernesto Rabadá, ser los primeros en escalar una vía maravillosa, como la Canal del Pájaro Negro a la Peña Santa, tal y como en su día hiciera el grandísimo Pedro Uduaondo…, sin embargo para mí ya no hay tiempo, hoy es mi último día.
Otro día en el paraíso (2)
2 de abril de 2.005
Paseando por la Feria del libro antiguo de Zaragoza, me llamó la atención un librito de pastas marrones titulado: “Recuerdos de un hombre de montaña”. Al abrirlo por las primeras páginas, me encontré con las dedicatorias: “A las montañas porque siempre me trataron bien, y a Aurora, la única mujer de mi vida, y a la que nunca supe querer como se merecía”.
Me picó la curiosidad y me llevé el libro por tres euros. El autor era según rezaban los créditos, Cristóbal Cifuentes Armero, supuesto ciudadano madrileño, por lo que se puede deducir en el texto, y sin embargo el libro en cuestión, estaba editado de forma particular en una imprenta de Avila. Al ojear las páginas, me absorbió de lleno el relato de una escalada contada al detalle, largo por largo, por lo que intuyo que tuvo que ser un acontecimiento realmente especial, pero hay un aspecto del relato que me sorprendió y despertó aún más mi curiosidad. Los lugares citados allí, tanto la aguja que escalaron, como la canal donde se encuentra ubicada esta aguja, y algunas otras referencias, me resultan familiares, pero que yo sepa no forman parte de ningún macizo montañoso de este país; y todavía más: ni en la Federación Española de Deportes de Montaña, consta ningún Cristóbal Cifuentes con una licencia federativa, ni este pertenece a ninguno de los clubs más notorios de Madrid.
Han pasado más de cinco años, y todos estos detalles han estado revoloteando en mi cabeza desde aquel día, formando parte de mi colección de misterios sin resolver, así que hoy me he decidido a transcribir palabra por palabra este relato, con la esperanza de alguien pueda aportar algo de luz sobre los hechos.
A PIE DE VÍA
1 de noviembre de 1.994
-Mira el croquis colega, se hace la entrada por una placa sin historia, Vº o Vº+, en el segundo, hay un desplome con tres pasos en artificial, pero sé que al menos hay una o dos cordadas que han pasado en libre. El tercer largo tiene varios pasos en artificial: una fisura casi ciega limpia de polvo y paja, por un diedro de unos veinte metros tirado para el lado malo; creo que queda algún clavo puesto, y un taco de madera prehistórico, un A3; supongo que el taco no habrá quien lo toque. Esa es la parte complicada, lo intentaremos en libre, con algunos empotradores, si conseguimos colocarlos, lo podremos asegurar.
El tercero es la clave Cris, es el largo por donde nadie ha pasado sin colgarse, y de ahí a la cumbre será un desfile saludando a la grada. Superado el tercero son doscientos metros más, pero si no he calculado mal no habrá barreras que nos impidan asaltar la gloria; no lo dudes, esta vez haremos algo grande.
¿Qué te he dicho? Casi doscientos kilómetros en coche, dos horas de caminata hasta el prado del viento, y aquí nos tienes, mirando a la luz de un frontal con las pilas a punto de la rendición, un croquis patético que más que un croquis, parece el mapa del tesoro de una película de piratas de serie Z, y el tío está más contento que un concursante del Un, Dos, Tres responda otra vez ¿Pero es que este menda nunca se achica? Me conformaría con un diez por ciento de su arrojo, de su buen talante, especialmente hoy que todo me echa para atrás, quizás más la depresión que la pared que tengo enfrente; no sé cómo puede ser tan descaradamente feliz, si lo piensas, el guaje no tiene gran cosa en la vida, un trabajo de mierda como mecánico en un taller de chapa, y un piso del IVIMA en un más que triste y desolado barrio periférico, con menos de cuarenta metros cuadrados, y ahí le tienes enchufándose el material en el arnés con exquisito cuidado y delicadeza, los friends grandes y cintas exprés a la derecha, micros y fisureros pequeños a la izquierda, las cintas planas en bandolera, mosquetones con seguro y el material personal detrás con la bolsa de magnesio, parece que fuera a un concurso de elegancia y buen porte.
Estoy enfadado y estoy siendo un poco injusto con mi buen amigo, en fin, hace frío y el granito como era de esperar es más sucio y frío que de costumbre, y para rematar hay un cielo pesado y oscuro que hasta dificulta la respiración; siento escalofríos como cuando empecé a escalar hace ya unos cuantos años. Bueno estamos aquí y ya no hay marcha atrás, bien mirado me importa un pito, al fin y al cabo me voy a suicidar, que más me da si hace frío o calor, o si hay un diedro extraplomado, o tacos y clavos roñosos en la pared. Desde que Aurora se fue hace tres meses, voy sin rumbo, lo hago todo mecánicamente, como los zombies, con desdén. Mañana, al final del día por fin descansaré, ya se las apañará el Juan que para eso le sobran tablas.
Por cierto el que le puso nombre a este sitio, lo clavó, el puñetero viento te silba en la cara como Kurt Savoy en la muerte tenía un precio. A todas las características de esta pared, había olvidado añadir el viento. Este maldito lugar está en el cuello de botella que forman la peña del Sagrario, y la punta del Carmen, haciendo que la garganta ciega parezca un reloj de arena, y justo a la salida del cuello por la parte baja está la pradera, frente a la oeste de la Escondida. Así que tenemos por orden de aparición: frío, humedad, verticalidad extrema, ausencia total de agarres en los sitios clave, y viento, mucho viento. ¿No podría haber escogido el verano para llevarse las medallas?
Empezará él, siempre empieza él, da lo mismo si es tercero como si es séptimo grado, no puede soportar la espera en el primer largo de cuerda, tiene que liberar la tensión desde el primer momento, porque además de todas las cualidades que se me ocurre que tiene, y que son muchas, es culo de mal asiento; no creo que pudiera trabajar vendiendo billetes en una taquilla del metro, o restaurando obras de arte en el sótano de algún museo. Es un artista en todos los sentidos, pero eléctrico, le das la mano y te da calambre; si la escalada fuera como el fútbol o el tenis, estaríamos hablando de un menda con salario de estrella, ocupando portadas en revistas ilustradas, y protagonista de los espacios deportivos en televisión, pero la vida es la vida y para ser sincero no me veo ni a mí, ni al Mula metiendo goles en un campo de fútbol, o pelotitas en un hoyo diminuto a cien metros de la casa club.
Vista de la Canal Negra en Galayos. En el centro de la imagen el colosal flanco suroeste de la Torre Amezúa, y justo a su izquierda en el centro de la canal, se puede distinguir el perfil de la cara noroeste de la Aguja Negra tapada hacia el oeste por la Punta Maria Luisa. Es el escenario que más recuerda a la punta Escondida.
La verdad es que me siento un poco ridículo, estoy en el momento más trascendental de mi vida, después de tomar la decisión que debe acabar con mis días en este mundo, y mírame, metido en un saco de dormir, sobre una pradera empapada de agua, y escuchando a mi querido amigo venga a hablar de placas, reuniones, largos de cuerda, que si te acuerdas de la arista de no sé qué, de aquel día que bajamos esquiando por no sé donde…, es como una letanía que me adormece, me incomoda, no entiendo como todavía no se ha dado cuenta de mi estado, yo ya le habría mandado al carajo sin contemplaciones, pero claro es Juan, el irreductible Juan y su perpetuo ánimo, su todo es posible, su feroz lucha contra la apatía, y bueno está bien, voy a reconocerlo: su profunda fe en la amistad.
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